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Azucena junto a la caravana en la que vive en Vallecas FOTOS: ANTONIO HEREDIA

Está empadronada en el vehículo desde 2003 y admite que siente "mucha inseguridad"

Non Outdoor Slip Fheaven Slippers Flats Men Sandals Bath Casual Summer Massage Purple Women Rechazó una vivienda de protección oficial y no sabía que la penalizarían por eso

Azucena está terminando una tortilla de patatas con la puerta abierta y el aroma inunda todo el tramo de la calle en la que está estacionado su hogar. Los vecinos y el barrendero se paran a saludarla mientras ella realiza sus tareas cotidianas y reparte chascarrillos a unos y otros, como cada día desde hace 15 años. A su alrededor: coches, bloques de viviendas y árboles de aquel mítico parque vallecano, el de las Cataratas. Una carpa atada a esos árboles hace las veces de porche, como intentando convertir la acera en algo más acogedor, como dejando a un lado el hecho de que su casa no es tal, aunque a ella a veces se le olvide. "Sí, yo vivo aquí, es pequeñita pero me apaño", comparte con naturalidad.

Sorprendida porque alguien muestre interés por su tesitura y salpicando el relato con risas infantiles, Azucena Fernández cuenta cómo, en los primeros 2000, se quedó en la calle con dos niños pequeños y se vio obligada a mudarse a la caravana en la que todavía reside. "Antes vivía en Rivas, me dejaban una casita por vigilar una finca, pero tiraron aquello y tuve que salir de ahí", rememora. Apoyada en la puerta de su roulotte, explica cuánto le costó lograr el 'permiso' para residir allí con sus hijos, que al principio iba la Policía cada noche pero que, "después de luchar mucho", se hizo con el certificado de empadronamiento. Con un forro polar a juego con sus zapatillas de estar en casa, rebusca en una bolsa de tela en la que guarda sus documentos y saca un padrón fechado en abril de 2003.

A partir de ese momento comenzó a ser una vecina más en este barrio de Villa de Vallecas. Señala los candados que custodian su frigorífico, instalado fuera de la caravana, y dos lavadoras colocadas justo al lado, todo proporcionado por personas de la zona. "Me trajeron candados porque muchas mañanas me despertaba y no encontraba nada en la nevera, y ahora me han bajado una lavadora porque la mía se ha roto... Son muy buenos conmigo, ya son muchos años y conocen a mis hijos desde muy pequeños", agradece. Andrea vive en el bloque de enfrente y justo en ese momento aparece con su perro: "¿Qué tal Azu, cómo estás hoy?". Entre las dos entablan una conversación repleta de guiños y carcajadas. "Yo se lo tengo dicho: si te pasa cualquier cosa me llamas", dice su amiga.

Y es que no es la ausencia de comodidades propias de una casa lo que más le preocupa a Azucena, sino la inseguridad que sufre, sobre todo al caer el sol. "Muchas noches comienzan a tirar de la puerta y yo ahora estoy sola", cuenta, temiendo que un día de estos alguien le pueda infligir algún daño. "Aquí me puede pasar cualquier cosa", reconoce, contando que hace poco poco tuvo que reforzar las ventanas porque un individuo apareció en su caravana mientras ella dormía. Cobra la renta mínima y ahora que sus hijos se han independizado, se podría permitir una vivienda pública. "Yo puedo pagar un alquiler social y prefiero pagarlo a que me ocurra algo", zanja.

Penalizada por rechazar una casa de protección oficial

Esta mujer, de tan solo 45 años, optó "hace muchos años, no sé cuántos exactamente", a una vivienda de protección oficial en Fuenlabrada, que rechazó por encontrarse lejos de su familia, en ese momento necesaria para cuidar a sus hijos. Nadie le dijo que si se negaba a aceptarla estaría penalizada durante años. "Yo no lo me lo imaginaba, si yo lo llego a saber, la cosa habría sido distinta", se lamenta. Ahora se encuentra en trámites con la EMVS y concibe volver a optar a una residencia digna como algo poco menos que milagroso, descartando frontalmente la posibilidad de okupar una de las viviendas vacías que hay en la zona. "Yo de patada no me meto, ¿para que me echen y volver a la caravana? Para eso me quedo aquí", reflexiona, con un punto de dignidad en los gestos.

Es ese orgullo el que no le permite dejar pasar a nadie sin que haya recogido previamente su vehículo. Tras cacharrear un rato en el interior, invita a pasar al pequeño habitáculo. Una cama atravesada en el extremo derecho, un par de armarios, un radiador y una mesa en la que reposa una televisión. Un infiernillo para cocinar, algunas bolsas con sus efectos personales y una lámpara de ganchillo colgando del techo. Eso es todo. "¿Tú te crees? ¿A quién se le ocurre entrar a robar aquí?", comenta, poniendo los ojos en blanco. Explica que para su aseo personal calienta agua en el fuego y se lava ahí mismo y que cuenta con un pequeño generador para calentarse en invierno. "Aquí nos las hemos apañado tres personas durante muchos años", afirma, señalando el pequeño hueco donde hasta hace poco se ubicaban las literas de sus hijos.

Ni el Área de Información Estadística del Ayuntamiento de Madrid, ni el Samur Social han proporcionado a este periódico el número de personas sin hogar empadronadas en la ciudad de Madrid. Se desconoce cuánta gente como Azucena reside de manera legal en coches, furgonetas o incluso bancos de la calle.

No obstante, el director del Samur Social, Darío Pérez, sí ha explicado a EL MUNDO los pormenores de un trámite que, a priori, puede desembocar en una absoluta institucionalización de la pobreza. "Para nosotros el empadronamiento es un instrumento de intervención y que a partir de ahí ellos puedan tener cartilla sanitaria, tarjeta de DNI...", explica. Por ello sí permiten que haya personas empadronadas en situación de habitabilidad marginal pero, según Pérez, "hay poquitas porque entendemos que es una situación que debe ser transitoria".

El objetivo de la institución es, según Pérez, "que cada vez haya menos personas empadronadas en la calle". Es por eso que intentan convencer a los sin techo de que se empadronen en uno de los centros de acogida o en la sede del Samur Social y así "vincularle al centro y a la red". Tal y como ha indicado, a día de hoy en la capital hay alrededor de 400 personas empadronadas en la sede del Samur Social y alrededor de 500 en los centros de la Red de Acogida Municipal para Personas Sin Hogar.

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40 Comentarios

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@Pensadora Seibel 85323LA784210 23 Caro 85323LA784210 23 Caro Seibel Beige Josef Josef Beige Josef w7qU7IC ya estaba faltando el que nombra a los nazis. Será que no sabes que la Ley de vagos y maleantes la promulgó la República. Lo digo porque después de los nazis irá Franco por algún lado y así me voy adelantando XD

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Sin entrar en esta situación en particular, vivo cerca de un centro de la Cruz Roja. Semanalmente el barrio se llena de lo que se llama "personas en situación de exclusión social" y funciona al igual que un banco de alimentos. Pues bien, ellas (hombres no ves ni uno) acuden con su carro de la compra, mejor o peor pero con su carro, entran con el vacío y salen con el lleno y, la primera parada es junto a los contenedores que están junto al centro y pasmense señores y señoras, prácticamente todo va a parar a ellos, allí mismo a ojos de todos hacen una selección de lo recibido y en lugar de rechazar lo que no quieren o no les interesa, lo tiran directamente al contenedor. No soy contrario a dar pero....

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LO DE SIEMPRE .....DAME UN PISO PAYOOOOO !!! PERO DONDE ME VENGA BIEN !! AH, Y UNA PAGUITA !!! AYY, SR JUEZ, LE JURO POR MIS MUERTOS QUE YO NO SÉ NÁ. NO ME DAN TRABAJO POR QUE SOY GITAN@, TODOS LOS PAYOS SOIS RACISTAS.....SE MUERA MI MAMA SR COMISARIO, YO NO HE SIDO.....LOS SUFRO DÍA A DÍA

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